Un viaje lowcost que no fue tan low

No solía hacer viajes lowcost, es decir, de bajo presupuesto, hasta que me quedé sin plata. Siempre que había viajado tenía un presupuesto que por lo general nunca gastaba y me alcanzaba para mucho más de lo previsto. Aunque ahorro, siempre incluyo lujos y creo que de eso se trata también el turismo slow. Aunque mi economía no es boyante en este momento, me siento más rica, cada cosa que gasto la disfruto el doble.

Los pasajes y el tiempo 

Tres meses antes de verano compré los pasajes a Italia, cincuenta euros ida y vuelta. Pasaría veinte días recorriendo uno de los países que más me han llamado la atención desde pequeña. Al mes de comprar los pasajes, hice cuentas y me dí cuenta que se me habían ido las luces: era mucho tiempo y no me alcanzarían los seiscientos euros que tenía destinados. Miré pasajes para comprar otro y volver a Barcelona antes y habían subido casi en un trescientos por ciento. Me preocupó, pero no tanto, sobreviviría a la extremadamente difícil obligación de pasar veinte días de verano en Italia.

Lo ideal para poco tiempo es elegir pocos lugares. Es imposible conocer un país entero en un viaje y le resta calidad a la experiencia en cada sitio. Pasaría al menos una semana en cada ciudad y eso sería solamente un abrebocas. Coordiné que mi viaje terminara en Nápoles y Herculano, después de ir a Roma y Florencia.

Peschiera di Garda, Italia | María Antonieta García R.
Peschiera di Garda, Italia | María Antonieta García R.

¿Cuántos somos en la habitación?

Reservé hostales, recurrí a Booking, AirB&B, HostelWorld y HostelClub. Comparaba precios, buscando siempre hostales de habitación compartida. El lujo estaba en que la habitación fuera máximo de cuatro personas, ya con seis es complicado dormir porque suben las probabilidades de que la gente ronque o llegue borracha todas las noches. Baño privado, con WIFI gratis y que estuviera cerca del centro para caminar lo que más pudiera. Conseguí hostales −excepto en Florencia donde conseguí un AirB&B en la casa de una italiana genial−, pague máximo diecisiete euros la noche. Hay más baratos pero lowcost para mí no significa UltralowCost, no quiero bichos en mi cama. Se pueden encontrar sitios muy buenos por ese precio y tienen varias ventajas. Tienen cocina por lo general, ofrecen desayuno o comida gratis y se conoce gente en el mismo plan con quien compartir.

El primer destino era Verona, pero no fue así. Camino al hostal me perdí y entendí que me había equivocado –a ese tipo de cosas las llamo afortunados errores–. El hostal que elegí resultó estar a una hora de la ciudad, quedaba en la Pesquiera Di Garda, y no era un barrio, era otra ciudad. Un lugar hermoso, tanto que no terminé conociendo Verona por quedarme ahí, conociendo el lago glacial, la playa, los restaurantes y las mil cosas para ver.

Roma, Italia | María Antonieta García R.
Roma, Italia | María Antonieta García R.

Internet y otros lujos modernos

Yo nací sin GPS integrado, me pierdo en una baldosa. Ser tan desubicada tiene cosas a su favor: le preguntas a la gente cómo llegar a los sitios, practicas el idioma si lo sabes, te diviertes haciéndote entender o te pierdes y descubres lugares interesantes. Pero confieso que desde este año mi mejor amigo es Google Maps, ya no sé qué haría sin él. Bueno si sé, lo que hacía antes: perderme más. El truco es comprar una tarjeta de móvil, una SIM en el país, cargada con unos veinte euros y procurar usar el WIFI gratuito en los establecimientos y hostales. Para que la batería dure todo el día se deja el celular en modo avión. Hay que tener las bandas del celular abiertas y activar y desactivar el uso de datos en la configuración. En Andorra no desactivé los datos y sólo con entrar al pequeño país acabe el saldo. En Italia los veinte euros me alcanzaron y sobraron porque además en cada restaurante o café tenían WIFI, si no tenían no entraba, así de simple.

Transporte de riesgo

En Italia, de ciudad a ciudad me moví en tren. Se compran los billetes por Internet más económicos y hay días de descuento. Se bajan las aplicaciones de Italotren y Trenitalia y se va mirando. No sé si haya un duende en las búsquedas, pero intentaba comprar un billete, me arrepentía, salía, entraba el día siguiente y misteriosamente me llegaba publicidad “si quiere ir a este lugar hay un descuento del cincuenta por ciento, sólo por hoy”. Los trayectos no salieron por más de veinte euros en tren normal (ni de lujo ni ultra económico) y demorándome máximo tres horas. Había opciones más baratas, pero de hasta ocho horas de trayecto y no quería pasar tanto tiempo transportándome. Además, cuando se es mujer viajera sola, no lo recomiendo en ningún caso. Lo hice en México de Puebla a Villahermosa y me arrepentí las diecisiete horas del trayecto. No se puede confundir viajar lowcost con viaje de riesgo o viaje de incomodidad absoluta. Tal vez en algún momento de la vida sí, pero a los treinta y cuatro años ya no te bancas tanto.

Dentro de las ciudades me moví en bus y a la antigua, a pie. Calles, calles y más calles porque traté de caminar en la medida de lo posible y de paso bajaba las ocho mil calorías que me comía en pasta y gelato. Los taxis me los prohibí y es que en los buses está la gente real. Los tiquetes de bus se compran solamente en las tiendas de tabaco y hay muchas, pero no siempre están abiertas, pueden tener una nota que dice “estoy almorzando” y abren cuatro horas después. Así que le preguntaba al conductor si podía pagarle en efectivo, ellos sonreían y me dejaban subir gratis. El riesgo está en que hubiera controles y me multaran, pero los italianos me insistían en que no había de qué preocuparse. Me sentí ilegalmente italiana, pronto descubrí que nada más que el cinco por ciento de los pasajeros pagan el tiquete. Los metros para esa época están abarrotados de turistas y en los buses hay cercanía: uno puede decir en voz alta en español ¿alguien sabe cómo puedo llegar a tal sitio? Te responden en italiano, todos al tiempo, (creyendo que les entiendes y que te vas a acordar). Aparte, en ese microsegundo te averiguan la vida así no entiendan qué dices, te piden el teléfono o matrimonio, te muestran sus tatuajes, te cuentan una historia que te hace pensar que los personajes de Shakespeare de Romeo y Julieta obvio tenían que ser italianos, las señoras te recuerdan a tu madre y hasta te convencen de ir a su casa a almorzar. Cabe anotar que los conductores realmente manejan como locos y, tal vez porque no vivo allá, pero cada vez que sorteaban un accidente milagrosamente no podía contener la risa nerviosa. Dicen que lo barato sale caro pero en algunas cosas no aplica para nada. ¡Los buses urbanos deberían estar en las recomendaciones viajeras!

Florencia, Italia | María Antonieta García R.
Florencia, Italia | María Antonieta García R.

PPS: Pizza, pasta y spritz

No sólo amo comer sino que me gusta comer bien. Sumado a eso, tengo hipoglicemia. Muchos han sido testigos de mi transformación cuando se me baja el azúcar. El libro de Jekyll and Mr. Hyde se basó en una persona que tenía mi condición. Me armé con nueces, maní y barras de granola en un supermercado para comer entre comidas. El agua de casi toda Italia es potable y hay llaves públicas en todas partes, así que ahorré millones y no contaminé tanto comprando botellas plásticas. El desayuno estaba asegurado en los hostales, el almuerzo lo preparaba o comía en un sitio bueno bonito y caro. La cena si podía ser cualquier cosa, un snack, pizza a taglio o ensalada y una cerveza o Spritz. En algunos sitios de Italia como en Florencia tienen la buena costumbre de tener el apperitivo; por comprar un trago de unos cinco euros tienes derecho al buffet de comida, cuantas veces quieras. Helados, jugos, agua, cafés deliciosos y tragos como el Spritz: todos los antojos comestibles estaban permitidos. En compras sí me reprimí, ni siquiera miraba. Sólo compré un llavero de cornicello napolitano para regalar por aquello de la buena suerte.

Siete euros en mi billetera

Esta historia tiene final feliz. Logré el objetivo slow pero no fue muy lowcost. Me devolví con muy pocos euros que me sirvieron para llegar a casa y un bocadillo en el aeropuerto. Fui a museos, galerías, conciertos callejeros, ruinas arqueológicas increíbles, pueblos, parques, monumentos, iglesias y Vaticano, playas, cementerios, plazas, teatros y calles. Por más que lo intenté no pude gastar sólo seiscientos euros en veinte días de verano en Italia. Roma y Florencia me exprimieron, afortunadamente Nápoles y Herculano son hasta más baratos que Barcelona. Después de Marruecos no dejaré jamás de nuevo mis tarjetas de crédito, sólo las tengo para emergencias y justamente en Italia me sirvieron para eso. Emergencias como gastar lo que no podía con efectivo. Han sido los mil euros mejor gastados de mi vida, veinte días viajando por la bella y amable Italia. Mil euros por cumplir un sueño que tenía desde niña y haberlo disfrutado tanto ¡eso no es nada!

Pompeya | María Antonieta García R.
Pompeya | María Antonieta García R.
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