En busca de Imlil

A las 9 de la mañana estábamos citados frente al hostal con nuestro conductor del día anterior, Anur. Con puntualidad inglesa, allí estaba nuestro guía. No así nosotros, la aventura del día anterior había hecho que nuestras sábanas se agarraran más de la cuenta. Tras las consiguientes disculpas, ya estábamos listos para nuestro siguiente paso: recorrer prácticamente 300km hasta Imlil, un pequeño pueblo bereber en plenas montañas del Atlas, paraíso de excursionistas y montañeros. El precio, 800dh. Poco, teniendo en cuenta que sería una de las experiencias más intensas de nuestro viaje.

Al poco de partir, Anur nos informó de que tendríamos que parar en Agadir a recoger a su padre, a quien tenía que llevar a casa de sus abuelos, cerca de la localidad de Tarudant. Era un hombre mayor, sabio, de los que dan ganas de escuchar y aprender de él. Pese al muro del idioma, acercarnos a tan entrañable persona fue un placer. No lo fue menos llegar a casa de sus abuelos. Una granja en el campo, en la que ellos mismos cultivan sus propios productos para alimentarse, desde aceite de oliva hasta mantequilla. Dulces, pan o miel hechos a mano eran toda una fiesta para nuestros paladares. La hospitalaria tradición marroquí se mostró en todo su esplendor ante nosotros. La ofrenda para desayunar, con toda la familia allí reunida, desde sobrinos hasta bisabuelos, fue de obligatoria participación. Los manjares de los que pudimos disfrutar no nos hacen sino sentir nostalgia al recordarlos. Los rostros de placer al gozar de tan único espectáculo fue el mejor regalo que pudimos hacerles. El padre de Anur, experto cocinero, nos hizo de orgulloso anfitrión entre los suyos, llenando nuestra necesidad cultural del lugar.

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Molino casero para extraer aceite | Joseba Urruty

Llegaba la hora de marchar, pues el viaje hasta mas allá de las montañas era largo y apenas habíamos comenzado. Pero no se puede decir que no a la sonrisa de un niño, menos cuando insiste toda la familia. Nos rogaron quedarnos a comer, especialmente por Anur, al que no suelen ver muy a menudo debido a su trabajo. El “no” no era una respuesta. Nos sentaron en la mesa de los mayores entre hombres y mujeres, éramos invitados de honor, aunque no sabían que el lujo era nuestro por estar en tan privilegiado lugar. Una auténtica mesa tradicional marroquí frente a nosotros. La leche de cabra fermentada y el cuscús, tradicional los viernes al ser el día del rezo, nos brindaban la mejor de las postales.

A la hora de marchar, no podíamos más que sentir un cariño especial, nos sentíamos parte de aquella familia. El recuerdo de que tal experiencia perduraría mucho tiempo con nosotros.

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Sobrina de Anur, sonrisas que invitan a no marcharse | Joseba Urruty

El viaje no había hecho más que comenzar. Todavía nos quedaban 4 horas de coche por delante y el tiempo apremiaba. Debíamos cruzar la cordillera del Atlas, la espina dorsal de Marruecos que se eleva con cumbres por encima de los 4.000m. A medida que va ganando en altura, el paso se vuelve más peligroso. El asfalto se convierte en grava, y éste en tierra en muchos lugares, con desfiladeros verticales y curvas zigzagueantes que se elevan desafiando las miradas de los más osados. Aunque el mayor de los temores es el de los coches. Las nubes de polvo convierten el trayecto en poco menos que un paseo. A pesar de la tranquilidad con la que nuestro amigo conducía, nuestros rostros no expresaban tal sensación. Las vistas, una vez alcanzada la cima a 2100m, son espectaculares. La grandiosidad de las montañas se mostraba en todo su esplendor, con un bello color naranja hipnótico.

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Paso de montaña hacia Imlil a traves del Atlas | Joseba Urruty

El descenso hacia el otro lado del valle no fue mucho más relajado. La sucesión de curvas, acompañadas de buen asfalto en esta ocasión, y la pendiente, nos hicieron tener algún algún momento incómodo. La caída del sol, unido al cansancio y dificultad de la ruta, nos hacía replantearnos si llegaríamos a Imlil. Ante nosotros aparecía la bella ciudad de Ouirgane. Un pequeño pueblo con un lago artificial inmenso, creado para abastecer a la ciudad de Marrakech, en lo que anteriormente eran las casas de sus habitantes. Nos informaron de que esa misma noche se celebraba el festival anual de la localidad, lo que no hizo sino motivarnos aún más para quedarnos. Tras buscar un lugar para dormir, la despedida de Anur se hizo dura. Durante tres días se había convertido en nuestro conductor y guía, pero sobre todo, en un gran amigo. Nos despedimos con la promesa de que sería un hasta pronto.

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Pueblo de Ouirgane a orillas del lago | Joseba Urruty

Enclavado entre las montañas, un nuevo mundo se habría antes nuestros ojos. El pueblo de Ouirgane, de tradición bereber, nos brindaba una nueva oportunidad de disfrutar del país: un festival de folclore tradicional bereber. El hijo del dueño del riad en el que nos quedamos nos hizo de anfitrión y, tras una deliciosa cena a base de tajine de verduras y carne, nos acercamos a disfrutar de la música y el baile. Toda la gente de los alrededores se había dado cita para vivir el evento, en el que grupos de diferentes localidades cercanas mostraban sus danzas. El simple hecho de aparecer en lugar hizo que despertásemos una desorbitada curiosidad. El propio organizador del evento nos hizo de anfitrión otorgándonos un privilegiado palco: la primera fila de la actuación era para nosotros. Al son de tambores, los diferentes grupos iban haciendo su aparición y, entre cánticos y danzas mostraban sus mejores artes, todos vestidos de un blanco impoluto. Toda esa escena, iluminados por el fuego y un cielo precioso, hacían de la situación algo absolutamente mágico. Los vítores y aplausos de los allí reunidos nos contagiaron, hasta disfrutar como auténticos actores más de la representación.

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Festival tradicional de musica bereber | Joseba Urruty

Finalmente no llegamos a Imlil, pero la odisea nos ofreció algo que no cambiaríamos por nada. Una etapa cargada de emociones, aventura y gozo. Marruecos nos abrazaba cada vez más y sentíamos que no queríamos que cesase tal sensación. ¡Y sólo habíamos comenzado! El viaje continuaba y más sentimientos nos esperaban.

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