Marrakech: del auténtico agotamiento al profundo respeto

Al igual que Fez, Rabat y Meknes, Marrakech es una ciudad imperial, enriquecida por las sucesivas dinastías que la han habitado. Está catalogada como uno de los centros culturales más importantes del país, lo que la convierte en el primer destino de viajes en Marruecos. Todo ello conlleva que la visita sea muy viva y estimulante de igual forma que puede resultar agobiante, y su gran carácter turístico y comercial nos frustrará más de una vez. Una ciudad muy interesante que en una constante relación de amor-odio tanto nos fascinará como nos golpeará.

Desde la pista de aterrizaje divisamos el color terracota y las primeras letras árabes haciendo uso de su misteriosa elegancia característica. La emoción es más que palpable al tomar consciencia de que estamos en Marrakech, nuestro bautismo marroquí.

La primera recomendación que damos es la de obtener algunos dírhams en el aeropuerto (a no ser que llevemos de casa) aunque la tarifa de cambio sea más elevada. Será de gran utilidad si en una primera parálisis cultural nos perdemos callejeando hacia la medina en busca de nuestro alojamiento y algún marroquí se ofrece a guiarnos a donde vayamos dándonos una efusiva bienvenida (y pidiéndonos posteriormente una propina simbólica).

Tras nuestra aventura escoltados por nuestro primer amigo marroquí, llegamos al Riad Spa Du Chameau, donde nos reciben cálidamente con nuestra primera invitación a tomar té de menta. El riad nos resulta exótico y bonito. Estos alojamientos son antiguas casas árabes caracterizadas por tener un patio interior alrededor del cual se encuentran las habitaciones y zonas comunes. Suelen estar decorados con plantas, mosaicos, fuentes o piscinas, y el número de habitaciones es reducido. Los precios son económicos y lo más probable es que nos sintamos en un ambiente cercano, lo que nos dará facilidad para charlar con los trabajadores y hacer nuestra estancia más personal.

Como valientes, nuestra primera visita fue la trepidante Plaza de Jemaa el Fna, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y reino de encantadores de serpientes, tatuadoras de henna, malabaristas, acróbatas con pequeños monos y regateadores de cualquier especie. Toda una experiencia religiosa, especialmente si coincidimos con la llamada a la oración. En ese momento oiremos unos cánticos árabes que se expanden por toda la ciudad y consiguen parar el tiempo e incluso el caos, señalando cada uno de los cinco momentos entregados a la oración.

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Plaza de Jemaa el Fna. Al fondo, la mezquita Koutoubia | Mercedes Parrilla

Recomendamos al viajero pasear por los zocos y tratar de no perder la calma si tratan de venderle algún artilugio prometiéndole hasta “el oro y el moro”. Una interesante opción es ver el atardecer en una de las terrazas que rodean la plaza, desde donde podemos ver el entorno de una forma más de extranjis. Al caer el sol la plaza se llena de puestos de comida donde también se puede cenar. No debe abandonarse la zona sin haber contemplado la mezquita Koutoubia, un edificio religioso edificado en el siglo XII representante del arte almohade.

Una interesante forma de comenzar un nuevo día es visitar la Madraza de Ben Youseff. Las medersas son escuelas musulmanas de estudios superiores donde los estudiantes también residían. La de Ben Youssef es la más grande e importante de Marruecos, que, construida en el siglo XVI, cuenta con ciento treinta cuartitos donde se alojaban hasta novecientos estudiantes.

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Ventana al patio en la Madraza de Ben Youseff | Mercedes Parrilla

Otra maravilla a visitar es la de los Jardines de Majorelle, creados en 1924 por Jacques Majorelle, un pintor francés enamorado de Marrakech que construyó esta poesía visual como fuente de inspiración. Amante de la botánica, llenó los jardines de multitud de plantas exóticas procedentes de todo el mundo entre las que destacan cactus, cocoteros, palmeras, bambúes o plantas acuáticas. En su interior encontramos fuentes, cuencos de madera, mosaicos y el predominio de un azul ultramar vibrante, color que consiguió registrar una propia tonalidad tomando el nombre de su creador: azul majorelle. En 1980, el diseñador Yves Saint Laurent y su pareja Pierre Bergé, quienes eran amigos del pintor, adquirirían el jardín y fundarían la «Association pour la Sauvegarde et le Rayonnement du Jardin Majorelle».

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Las tres veletas en los jardines | Fotógrafo espontáneo en los Jardines de Majorelle

Si vamos en busca de joyas arquitectónicas el Palacio de Bahía es una parada obligatoria, construido en el siglo XIX tras más de una década de trabajo. En este palacio residió el esclavo convertido en visir Abu Bou Ahmed, su primera esposa Bahía, sus otras tres mujeres y la friolera de veinticuatro concubinas. Imaginar cómo sería la vida en el palacio es inquietante, visitando las lujosas habitaciones que daban vida al comedor, los aposentos de la reina o, según las indicaciones de nuestra guía, el mismísimo dormitorio creado exclusivamente para hacer el amor.

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Palacio de Bahía | Adriana Santiago

La cuestión de contratar a un guía es bastante personal: hay quien prefiere descubrir por su cuenta y a quien le gusta ir acompañado de una información más histórica o personalizada. De cualquier modo es interesante pasar una mañana con alguien que nos guíe, pues nos contará muchas más historias que si fuésemos solos por nuestra cuenta. Para ello recomendamos fijar una tarifa justa antes del recorrido: por medio día unos 100 dírhams (10€) es adecuado, y recomendamos tener cuidado para que no nos lleven a sitios comerciales donde tienen pactada una comisión.

El viajero no tardará en sentir la necesidad de desafiar la evidente occidentalización de la ciudad y deambular por sus calles sin prisas, sin acosos y sin rumbo. Llegados a este punto recomendamos visitar el bazar judío, donde podremos ver a mujeres y hombres de zoco en zoco charlando, vendiendo y comprando. Otro mercado curiosísimo para visitar es el de Ourika, al que los bereberes acuden cada lunes desde las afueras.

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Compras y charlas en el bazar judío | Mercedes Parrilla

Para nosotros, la mejor manera de disfrutar Marrakech es la de tratar de integrarse con sus habitantes. Una de las experiencias más bonitas que tuvimos fue la de conocer a una mujer que nos invitó a merendar a su casa, donde su madre, estilista de novias en bodas, nos pintó pies y manos de henna mientras nos enseñaba sus álbumes familiares, una vivencia muy cercana y acogedora. En otra ocasión, conocimos a una familia a la que acompañamos al mercado y nos invitó a degustar en su casa los alimentos que habíamos comprado. El resultado fue un cuscús maravilloso y una velada llena de cariño y respeto mutuo sorbiendo té e involucrándonos en su cultura. Es por ello que recomendamos al viajero tratar de escabullirse del lado más turístico de la ciudad (sin obviar por ello sus maravillas monumentales) y compartir momentos reales con su gente, abriendo fronteras mentales y despegando en un viaje de los buenos, de los de verdad.

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Nuestro amigo Azzedine | Mercedes Parrilla

 

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