El Olimpo a pedales

Estoy frente a él. Es enorme, temible, de los que quitan el aliento. Su fiereza y reputación le preceden, el reguero de víctimas es incalculable. Físicamente me supera, aunque moralmente sé que puedo vencerlo. Sus dos mil cien metros de altura me oprimen contra el suelo impidiéndome avanzar. Su mano presiona mi cuerpo y sobre todo, mi mente, otrora fuerte y valiente, ahora marchita. Mi único compañero es mi noble corcel, cuya fuerza no son sus cuatro patas, sino las mías y sus ahogados golpes contra los pedales. No dispongo de más armas que mi inconsciencia para hacer frente a tal bestia, capaz de intimidar a los más osados con sólo oír su nombre: Tourmalet

El monstruo francés es capaz de engullir a cualquiera que se le ponga en frente, sus dieciocho kilómetros de largo así lo han demostrado a lo largo de los años. Pero también es capaz de engrandecer a los vencedores, elevarlos a los altares de la historia y convertirlos en héroes. Su cima es el Olimpo de estos lares, aunque para llegar a tal lugar sea necesario atravesar el inframundo primero. Esos dieciocho kilómetros se convierten en espinas, dolor inevitable con tal de tocar la rosa de los Pirineos, dolor que en ocasiones se torna placentero. La cima es visible prácticamente desde la salida, el precioso pueblo de Luz Saint Sauveur, paraíso de termas y refugio de esquiadores en la temporada invernal, aunque inicio de la agonía para mí.

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Luz Saint Sauveur | Joseba Urruty

La salida es alegre, esperanzadora, de gozo incluso. La llegada al pueblo de Bareges, tan solo seis kilómetros después de la salida, marca la entrada en el Hades, lugar donde el señor oscuro me hará luchar contra mis temores y suplicar clemencia, tortura psicológica y física por igual. Tal y como Hércules superó las doce pruebas impuestas por Hera, yo superaré los otros tantos kilómetros que me separan del altar ciclista. Cada escollo está señalizado al lado de la carretera, advertencia o precaución, capaz de amedrentar a los intrépidos exploradores sobre los peligros que aguardan tras cada curva. El serpentear de la carretera que asciende por la ladera de la montaña me recuerda a la Hidra de Lerna, cada curva que supero hace que aparezca una nueva, al igual que las cabezas de la mítica bestia, haciendo inútil mi esfuerzo.

Comienzo a sentir sobre mis hombros el esfuerzo, siento que la montaña pesa. Comparto esa carga con el gran Atlas, él también castigado a pagar por sus pecados y sufrirlos, aunque en mi caso sólo por un tiempo, el cual siento que nunca avanza.

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Carretera Tourmalet | Joseba Urruty

Estiro el cuello buscando a Zeus, esperando que me ayude desde las alturas, pero su compasión no se hace visible. Tendré que llegar por mis medios, a pesar de que trata de entorpecer mi camino. Una vez arriba, me esperan los dioses , pero no Zeus en este caso. Dioses mortales, algunos efímeros como Bahamontes, Merckx o Pantani, que hallaron en estas rampas la gloria y la vida eterna.

La última herradura de izquierdas me hace adentrarme en lo más profundo de la montaña y de mí mismo. La niebla y el frío se ciernen sobre mí. Busco a Caronte para que me lleve en su barcaza y alivie mi sufrimiento, pero es en vano. No llevo monedas, ni tan siquiera agua, tan necesaria para el cuerpo. Sólo un pequeño esfuerzo más para toparme con él: el gigante que homenajea a todos los que consiguen hollar tan ansiada cima, el monumento al ciclista.

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Monumento al ciclista (Tourmalet) | Joseba Urruty

El recorrido se torna en un ascenso a los infiernos, a nuestros propios infiernos y fantasmas. Pero también en un ascenso a la vida. Un viaje que nos acerca al límite del cuerpo y sobre todo de la mente, la lucha contra el asfalto se vuelve una lucha mental contra un rival invisible: nuestro propio reflejo, que nos habla y cuestiona dudas y temores profundos. Una odisea para encontrarse a uno mismo y mirarse a los ojos, para reír y para llorar; pero ante todo, para disfrutar.

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Carretera Tourmalet | Joseba Urruty
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