La soledad de las cartas

—¡Hagan juego!

La última carta volteada por la dealer no cambia mi estrategia ni augura un buen futuro. Una sensación de miedo y valentía se mezclan en mi cabeza mientras aprieto con las dos manos el matrimonio monárquico que tengo bajo ellas desde el inicio. Yo soy su fiel escudero y los defenderé hasta el fin. Yo solo, pues en la mesa no he encontrado más caballeros dispuestos a ayudarme. Solo ante los dragones en defensa del reino.

—Yo voy —dice Stoke, sin levantar la mirada—. Esto es Las Vegas y la suerte vino en mi equipaje.

Las Vegas. Para muchos la ciudad del pecado, para mí, el purgatorio. El lugar donde los instintos más primarios del hombre salen a la luz. Un emplazamiento creado para satisfacer al ser humano, para llevarlo a los límites de la codicia al tiempo que su alma se va marchitando, tornándose negra cual as de picas. La ética y la moral del hombre se hacen a un lado. En la ciudad en la que llueven billetes y granizan monedas, el suelo es árido como sus jugadores, secos y vacíos de sentimientos. Se inunda de lágrimas y queda anegada de almas errantes.  Aquí somos juzgados y se nos asigna un destino: todo o nada, ganar o perder todo. El juicio no es obra de Dios sino de alguien superior, el casino. El ojo que todo lo ve masónico, el gran hermano que profetizó Orwell. Sus redes se extienden en sus dominios y dictan sentencia, no hay lugar para el paraíso. Es un lugar de redención, en el que encontrarse a uno mismo y tocar fondo, verse reflejado en un espejo moral y surgir de nuevo, una vez purgado. Miro las cámaras del todopoderoso sobre nuestras cabezas, desviando mis ojos de la mesa. Necesito hacer creer a mis rivales que yo soy el que domina el juego, pero no sé cómo hacerlo. Mi pupilas demuestran miedo y parálisis, las noto temblar.

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Vista exterior del Hotel Caesar´s Palace | Joseba Urruty

—No tengo nada, me retiro —agrega el segundo en orden de juego, al tiempo que escupe las cartas sobre el tapete.

—Muy bien. Continuamos.

Mi turno se acerca. Sólo la bella Livee me separa del abismo. Me fijo en su cara, marmolada y sólida. Pude ver sus ojos a pesar de sus oscuras gafas. Noto su mirada en mi cuello, asfixiándome cada vez más, dejándome sin ideas, si es que alguna vez las tuve. No me revela nada sobre cómo va actuar. Su silueta se ve muy tranquila, a la vez que la mía, se encoge cada vez más, estoy aterrado por el siguiente paso.

—Subo quince mil —arrojando una gran cantidad de fichas—. Esto se pone interesante.

Soy el siguiente. Comienzo a sudar todavía más y noto una sensación de mareo. Mientras mi pulso se acelera, el tiempo en el casino se detiene. Puedo oír mis propios latidos volviéndose arrítmicos. Me cuestiono por qué estoy aquí. Nunca había jugado al póker y no me gustaba. Crecí jugando a las chapas con los amigos en el barrio, golpeándolas con el dedo corazón hasta hacernos heridas. Ahora las chapas seguían dominando mi vida, pero de un tamaño y un valor exorbitado en comparación con aquellas. Ya no tenía heridas en los dedos, ahora eran más profundas y se producían en mi mente. Añoro aquellas tardes con los amigos, mientras nuestros padres jugaban a las cartas. Las cartas eran para los mayores y los vaqueros. Esos vaqueros que recorrían el oeste americano en busca de fortuna y jugaban al póker mientras bebían whisky en los bares. Yo no soy Jesse James ni William Boney, pero también estoy intentando conquistar el oeste, la inerte ciudad del vicio. Mi duelo a cuatro toca a su fin. Todos han disparado sus pistolas pero mi revólver se ha encasquillado. Mi paralizada mano me impide sacarla de la cartuchera. Mira a los lados con esperanza de que el séptimo de caballería venga en mi rescate. Trato de oír el ruido de las trompetas y el trotar de los caballos. No hay respuesta.

Vuelvo a mirar mis cartas con esperanza de que me revelen algo. Las cartas sobre la mesa no contestan mis preguntas. Los compañeros de batalla aguardan en silencio y con aire victorioso. El duelo de miradas ya lo he perdido, pero todavía puedo disparar el primero. Una nube del desierto recorre la mesa al tiempo que la escena se congela. El sheriff se impacienta ante mi ceremonia. Miro a los duelistas que quedan sobre la mesa levantando mis ojos y apretándolos contra mi visera, con la mirada entrecerrada por el sol del casino. Golpeo mi ficha de mayor valor como si fuese una chapa de mi infancia y la pongo en el montón principal. El revólver ha obedecido mi orden.

—Voy con todo. —Por fin he disparado.

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Fichas del casino MGM Grand | Joseba Urruty
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