Eider Elizegi: “El viaje tiene que abarcar la vida”

Permaneció 4 meses en el refugio de Goûter a los pies del Montblanc, recorrió los Andes con una mochila a la espalda, acompañó a unos amigos a abrir nuevas vías de escalada en el Atlas marroquí y vivió en una furgoneta en los Pirineos. A pesar de que en su pasaporte figure que Eider Elizegi nació en Lasarte (Guipúzcoa), en su recuerdo perduran muchos lugares a los que puede llamar hogar. De estas experiencias han visto la luz varios libros y reconocimientos, como el premio Desnivel de Literatura de 2010 por el libro “Mi montaña”, que narra su estancia en el Montblanc. Escritora, poeta, fotógrafa, escaladora y sobre todo guerrera, Eider nos abre las puertas de su casa para contarnos cómo los viajes la han ayudado a abrir los ojos y liberarse de las ataduras de la sociedad actual.

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Lugar de la entrevista | Joseba Urruty

“Cuando estás en una ciudad, y estás viviendo de una forma más normativa, parece que todo el mundo vive así” nos comenta Eider, y explica que “cuando sales de ese marco encuentras a mucha gente que vive de maneras que no te podrías imaginar”.  Al estar encasillados en ese modelo de vida y no tener noticias de otras formas posibles, interiorizamos  que lo normal o la única forma de vivir es siguiendo el mismo patrón en el que hemos sido educados, es decir, para ser feliz tenemos que tener unos estudios, un trabajo, una casa, etc.

Eider fue capaz de salir de ese marco paulatinamente tras realizar varios viajes que le ayudaron a descubrir que había algo más allá de todo eso. Pero como ella asegura, el momento “clave” fue su viaje al refugio de Goûter en el Montblanc, donde pasó medio año. Allí pudo observar cómo el mismo entorno al que se enfrentaba a diario cambiaba completamente cada mañana con las nevadas, el tiempo o la luz, ofrenciéndole un paisaje totalmente diferente al anterior. “Cuando decidí ir allí, era la idea que yo llevaba. Quedarme en un montaña quieta y poderla disfrutar en distintos momentos, que si tú solo subes y bajas, te los pierdes”, asegura. Esa experiencia le dio el empujón para cambiar el chip. “Fue el viaje que me ayudó a tomar la decisión; me hizo decir venga, apuesto por esto; cambió mi manera de vivir y ahora vivo más cerca de la montaña”. Desde ese momento Eider dejó su casa, su trabajo y comenzó a vivir en su furgoneta. No fue fácil. Primero tuvo que desprenderse de cosas y convertir su vida en algo muy sencillo. De este modo consiguió lo que se propuso, vivir viajando, ya que cualquier lugar se encontraba en casa. “Tenía la sensación de que dibujaba pétalos de margarita: iba y volvía siempre al mismo lugar”, aunque comenta que al cabo de un tiempo eso cambió, ya no tenía un lugar al que volver. En la furgoneta tenía lo indispensable, era una forma de vida centrada en el presente, todo en el día a día, como buscar agua, comprar la comida o ducharse, y explica que “llegas a elaborar un montón de pequeños trucos que te permiten hacer este tipo de cosas, acabas adaptándote al medio”. En nuestra sociedad hay una visión romántica y bohemia en todas estas experiencias. Mucha gente le decía que le tenía envidia, y ella respondía “bueno, hazlo” y aclara que “si realmente lo quieres hacer, puedes. Pero implica muchas renuncias que igual muchas personas no están dispuestas aceptar”. Como bien dice Eider, toda elección supone unas renuncias y supone unas ganancias.

“Viajar ofrece esa oportunidad: volver y cuestionar tu propia cultura”

Tendemos a asociar viaje con desplazamiento, aunque no tiene porqué ser siempre así. En el caso de Eider, lleva más de dos años sin viajar viviendo en Barcelona, “pero también ha sido un viaje, un viaje personal y estático. Veo gente que se desplaza pero no acaba de viajar”. Para ella, el viaje exige una transformación, o por lo menos una disposición a que la realidad te afecte, y profundiza, “estar abierta a interactuar con realidades que te cuestionan y te ofrecen maneras alternativas de entender el mundo y la vida, incluso de entenderte a ti misma”. Para ella eso es viajar, cuestionarse todo eso que nos resulta invisible a nuestros ojos, ya que estamos sumergidos en nuestra cultura y en nuestras categorías de pensamiento, en una sociedad que piensa que es la dominante y no vemos como todo eso nos está condicionando de alguna manera. Para Eider, viajar aporta esa posibilidad, la de poder cuestionarse toda esa estructura social en la que hemos sido instruidos. “De alguna manera nuestra mirada ya está estructurada por la forma en la que hemos sido construidos y estas experiencias son necesarias para poder darte cuenta de cómo esto está condicionando vida”. Esto se puede conseguir de varias maneras, “pero para mí está relacionado con lo que yo considero que es viajar y es lo que valoro de ellos”. Para ella eso es precisamente viajar, volver y cuestionarte tu propia cultura y forma de vida.

Su manera de viajar siempre ha sido lenta, le gusta tener la sensación de ir muy despacio para no perderse nada de lo que va sucediendo a su alrededor, y así estar abierta a las cosas  de manera que el viaje se pueda organizar en base a lo que ocurre. “En mi vivencia personal es importantísimo que el viaje abarque la vida, eso implica no disponer de un sitio al que volver, centrar mi vida en el viaje”. Eider no entiende el viaje como unas vacaciones, ella se adapta, se integra en la otra cultura y lo convierte en su hogar. Su forma de viajar le ha llevado a ser muy consciente de que valora otras cosas. Por ejemplo, en el vocabulario de montañistas se habla de “atacar la montaña”,“conquistar la cima”, “coronar la cumbre”, es como una lucha contra la montaña. Para ella no es así, pues disfruta más del recorrido que de llegar a la cima. “Muchas veces visitaba lugares que son increíbles, y tenía la sensación de que la gente no lo veía”. Ese pensamiento la lleva a crear su libro “El hilo gris” que tiene como objetivo invertir la mirada. Pasar de darle valor al grado de las vías de escalada, que el protagonista sea el escalador y sus posturas imposibles, a que la piedra tome la importancia que realmente tiene.

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El libro “El hilo gris” escrito por Elizegi | Joseba Urruty

“Soy consciente de que si me pasa algo, me van a cargar a mi la responsabilidad”

Fue criada de una manera bastante neutra y eso ha jugado a su favor, porque es consciente de que ser mujer puede hacerle vulnerable pero solo es una idea, no un miedo que ella tenga realmente, así que nunca la ha limitado a la hora de viajar. Es mas, resalta que ser leída como mujer siempre ha sido una ventaja para ella, ya que le ha supuesto acceder a ciertas experiencias que siendo hombre no hubiese podido, “me permite tener acceso a una vida privada que si yo fuese un hombre no hubiese podido disfrutar, que en el fondo son las experiencias que más valoro: poder estar con los bebés, que me enseñen a tejer,… esa vida hogar privada en definitiva” .

Sin embargo ella tampoco se ha librado de comentarios y situaciones donde ha sido infravalorada por su sexo y recalca que la sociedad sigue siendo muy sexista. Y nos cuenta una de esas experiencias donde viajar sola parece sorprender al resto. “Había una cosa que siempre me hacía gracia: a mí me encantaba hacer montaña sola y en la punta del monte me encontraba con tíos que iban solos y me preguntaban ¿pero qué haces sola?, ¿no te da miedo? Y yo pensaba: pero tío, ¿no ves que tú estás como yo? o que igual incluso yo tengo más experiencia, más recursos y estoy más fuerte que tú.”

En nuestro país, y en general, hay una construcción de género a nivel social que se naturaliza y que se hace invisible y da lugar a discriminación que no nos resulta alarmante porque la hemos incorporado. Tanto es así, que cuando salió la noticia de la dos chicas que fueron asesinadas cuando viajaban “solas”, la sociedad las responsabilizo en cierto modo por lo sucedido. En estos sucesos hay un ejecutor que sí que se juzga, pero que eso responde a una estructura social que permite, sostiene y crea esta diferencia entre los géneros.

“En cierta manera nos educan para depender, para sentirnos vulnerables, para tener miedo, y todo eso repercute en que actividades como el viaje estén condicionadas”, de ahí que se tenga el concepto de que una mujer no puede viajar sola. “Yo ese miedo no lo tengo, pero soy consciente de que si me pasase algo sería responsabilidad mía , me van a cargar a mí la responsabilidad. El ejemplo lo demuestra la repercusión que tuvo en los medios la noticia de que dos mujeres habían sido asesinadas en Ecuador cuando viajaban por el país. Pese a ser dos personas adultas viajando, la importancia recayó en que esas dos personas eran mujeres y viajaban “solas”.  Para la sociedad y, por consiguiente los medios, solamente estarán acompañadas si van con un hombre.

Unas de las cosas que más valora Eider tras varios años de viajes y de experiencias son esos nuevos referentes que han aparecido en su vida, y comprobar que se puede vivir de otras formas. “Hay más posibilidades. El imaginario es muy reducido, a todos los niveles. Las posibilidades del yo, del género, de subsistencia, las posibilidades de economía… es una imaginaria bastante reducida y creo que hay unos intereses para que eso sea así, porque a base de eso funciona toda esta máquina”, sentencia.   

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Las vistas del ventanal de la casa | Joseba Urruty

 

Entrevista realizada en Barcelona por Joseba Urruty y Adriana Santiago.

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