Berlín: destino obligado, a pesar del bótox

Llegué a Berlín esperando ver una ciudad maravillosa, cargada de historia y marcas de guerra. No me equivoqué, pero me encontré con una ciudad nueva y reluciente, con un aspecto que seduce y confunde. Tiene un encanto inigualable, el urbano, el underground, ese que se respira en un ambiente bohemio y vanguardista como el de Williamsburg en Brooklyn, Nueva York. Pero algo no encaja en el centro y se adivina qué es cuando los guías empiezan a mencionar la palabra ‘falso’, fake o falsch para acompañar la historia de la ciudad.

La gente parece sacada de una revista de modas vintage, sobresalen los no intencionales y ahora glamourosos neopunks, adolescentes en patinetas ochenteras con una cartera de marca y tenis de colores ácidos y supermodelos en cualquier esquina fumando un cigarrillo casual, pareciendo posar con su actitud descomplicada. Su metro es viejo y me hizo recordar por los personajes curiosos en las noches películas como ‘Cristina F’. Además, Berlín ofrece miles de ciclorutas y lo mejor es ver el camino por el que andas, cosa que no pasa en el subterráneo. Comí delicioso todos los días, no como en otras ciudades en donde he tenido que elegir qué día cenar bien y qué día conformarme con un sándwich desabrido y claro, quería probar el adictivo currywurst. 
En la capital de Alemania respiré libertad, pude tomarme unas cervezas caminando por ahí como en los viejos tiempos, sin miedo a una multa o llamada de atención por no tomar dentro de un bar. Incluso ví que unos chicos pasaron fumando marihuana frente a policías sin que estos se inmutaran. Tal vez por un pasado represor, la ciudad ahora tiende a apoyar la libre expresión, o al menos eso sentí en los escasos cinco días de mi viaje. Es una ciudad que, sin vergüenza, muestra sus secretos pero deja que uno llegue a ellos por casualidad; entré por error a un pasaje comercial que más tarde asocié a un hecho lamentable. Era un barrio cerrado, algunas fachadas tenían azulejos, jardines, balcones y sótanos con misteriosas ventanas al exterior que te obligan a inclinarte a humear. Resultó ser un viejo barrio judío en donde se localizaron refugios donde retenían gente que llevarían rumbo a los campos de concentración, jamás lo habría imaginado, este lugar ahora es un pasaje comercial de tiendas de moda.
Estudié conservación y restauración de bienes y la facultad de donde me gradué sigue la escuela de restauración italiana. Esto significa que mi formación estuvo enfocada en aprender técnicas y procedimientos para conservar los bienes culturales respetando el original y el paso del tiempo, la pátina e incluso intervenciones anteriores que tuvieran especial valor histórico o estético. Recordé que se niega la reconstrucción completa alegando que atenta contra el criterio de autenticidad. La sorpresa fue descubrir que en Berlín los restauradores de bienes inmuebles y arquitectos tienen otros criterios. Para la escuela de restauración italiana el peligro de la reconstrucción está en crear falsos históricos  y eso fue lo que comencé a ver a medida que caminaba al centro de la ciudad.
Las edificaciones históricas están reconstruidas en algunos casos hasta un 90%. ¿Qué tan válida es la datación de un inmueble si en su placa anota ca.1850 pero se reconstruyó tras el proceso de remodelación de la ciudad que comenzó en 1990? Ese proceso respondió a la reunificación alemana que quería dar a Berlín el aspecto de capital federal. Es evidente el rescate total, incluso los guías cuentan como los edificios fueron demolidos para ser reconstruídos de nuevo, se ven catedrales inmaculadamente blancas con un par de gárgolas negras, seguramente las únicas ‘sobrevivientes’ a alguna bomba o incendio, lozas perfectas y a unos cuatro metros de altura algunas con hoyos dejados por las balas. Esto genera una distorsión en la interpretación, sobre todo para incautos observadores que no están apoyados en la explicación completa de un especialista.
Es de resaltar la energía y tenacidad alemana para reconstruir sus ciudades y recuperarse a la destrucción física y emocional luego de dos guerras mundiales, tendrá mucho que ver con su personalidad recia y trabajadora. Después de la guerra, quedaron sobre todo mujeres y gracias a que ellas rescataron piedras y esculturas, no se perdieron algunos símbolos de sus principales monumentos entre los escombros. Es valorada la importancia de la reconstrucción en la postguerra para ayudar a la recuperación psicológica de la población volviendo a ver un paisaje conocido, pero el peligro está en que lo que pasó podría también llevar al olvido. Valoraría más la ruina en ese proceso en el que debería estar implícita la compresión y la recordación de los hechos, para invitar a la reflexión y evitar la repetición de situaciones similares.
Berlín parece y no, parada en el tiempo. Tiene la combinación híbrida que esconde un pasado oscuro, se esfuerza por educar a las nuevas generaciones pero sus reconstrucciones no les permiten imaginar qué es la destrucción, lo que visualmente les ayudaría a entender la guerra. Es el caso de uno de los pocos edificios que se dejaron intactos, la Kaiser Wilhem kirche, iglesia curiosamente acompañada de un nueva a su lado. No es de pretender que se deje en ruinas todo, pero reconstruirlo tampoco, ideal un punto de equilibrio aunque generaría más debate: quién podría determinar qué, cómo y por qué se reconstruye un monumento. En el caso berlinés esto fue fruto de una decisión política e involucró miles de millones de euros, hasta qué punto habría sido más recomendable dar un sentido nuevo de identidad a la población haciendo una nueva ciudad en vez de querer aparentar lo que fue.
Por otro lado, un lugar llamó en especial mi atención. El monumento en memoria de las víctimas de la segunda guerra mundial. No sé qué pensarán los judíos del Monumento del holocausto, en alemán Denkmal für die ermordeten Juden Europas, pero parece un raro parque de diversiones y no un monumento sobre uno de los episodios más macabros de la humanidad. Es interesante que sus constructores hayan pretendido que el visitante se lleve su propia interpretación a partir de su experiencia, pero por lo general será de esparcimiento. Al irme supe que había un sótano llamado punto de información o en alemán Ort der Information con los nombres de los caídos pero no lo ví, ni su señalización. Este tipo de desinformación se da por la ausencia de carteles o material de apoyo explicativo, sobre todo en un monumento tan importante para la ciudad y toda la humanidad.
Amé Berlín, quiero regresar, quisiera explorarla más y fundirme con la gente en una exhibición o película en antiguo teatro de la parte Este, conocer turcos en el tradicional bar Tristeza en Neukölln, comerme otro delicioso strüdel en un restaurante de barrio -donde no entienda la carta pero cualquier cosa que pida sea carne-. Quiero volver a admirar el arte urbano del muro de Berlín, quiero volver a esta ciudad llena de enigmas y lugares sugestivos, que solo tiene un ‘pero’ y es que debería procurar mantener algunas ruinas y conservarlas con su respectiva explicación, no se debe armar por completo lo desarmado. Pienso en el bótox, la toxina butolínica que se utiliza para disimular las arrugas, -no lo critico, hay personas que lo usan en una justa medida y se les ve bien-, pero se deben exhibir con naturalidad las marcas y rastros de guerra, como las arrugas y las cicatrices de la piel. Berlín es un destino imperdible porque es una ciudad maravillosa pero más que eso, se debe visitar para conocer mejor la naturaleza humana y cuestionarse sobre nuestra historia y sus vestigios.

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