Un día cualquiera en Hiroshima

Hachiko salía de su casa para ir al colegio. Estaba contenta. Ese día la señorita Umeru les había prometido una sorpresa por su cumpleaños. Taku, un ejecutivo de 41 años, se encontraba a escasos doscientos metros de su lugar de trabajo: una pequeña empresa que se dedicaba a la exportación de sierras. Tenía una dura jornada por delante y caminaba arrastrando los pies, tedioso, cansado por lo que estaba por venir. Sashiko acababa de ver marchar a sus dos nietos hacia el colegio. La casa estaba vacía. Su marido había fallecido hacía cuatro años, entonces, dejó la vida rural de Magome y se trasladó con su hijo y su mujer a la ciudad.

            Todas estas historias son ficticias, ideadas en unos cuantos minutos. Pero todas tienen algo en común: el lugar y la hora. El lugar en el que no volvió a haber nada hasta mucho después; la ciudad que, por un instante, se silenció y enmudeció, aguantando la respiración. Y la hora. El tiempo que desde aquel momento se detuvo, se congeló, para no volver a avanzar nunca más. El lugar era Hiroshima; la hora, las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945.

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Reloj detenido a las 8:15 | Joseba Urruty

   Aquel día, los Estados Unidos de América dieron un golpe sobre la mesa. Quisieron demostrar al mundo, y a los japoneses especialmente, que con el tío Sam no se juega, que la imberbe república norteamericana estaba lista para convertirse en la nueva potencia mundial. Aquella mañana unos ganaron y pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. Pero muchos otros, la mayoría, perdieron. Perdieron sus vidas y sus recuerdos. Algunos simplemente se esfumaron y desaparecieron aquel día, esa misma mañana, sin darse cuenta de ello siquiera. Otros lo fueron perdiendo todo poco a poco, dejando escapar toda una vida de historias, mientras un asesino silencioso les iba extirpando esos recuerdos y los hundía en esa agonía que precedió al estallido de la bomba atómica. Porque muchas vidas se fueron apagando, como velas en una fría noche de invierno, lentamente al cabo de mucho tiempo, efecto de esa nube tóxica, de ese hongo maldito, que cubrió el cielo despejado de la ciudad y se precipitó contra sus habitantes. Little Boy no solo se llevó consigo una ciudad y una nación entera, se llevó con él la esperanza y el futuro de muchos jóvenes y la experiencia y las historias de miles de mayores. Dejó tras de sí una estela que tardaría días, semanas e incluso meses, por no decir años, en desaparecer.

            Esa mañana el tiempo se congeló. La vida en aquel lugar se detuvo por un instante, eterno instante para algunos. Las ramas de los árboles dejaron de bailar y sus hojas volvieron a un gris invernal por un segundo. Los pájaros cerca del lago Shukkei que tanto hablan en las mañanas veraniegas enmudecieron. El río detuvo su cauce, incapaz de avanzar ante tan escalofriante visión, y las carpas que acogía en su seno nadaron hasta el fondo, intentando huir de esa macabra acción del hombre. La calma y la paz reinaron en aquel fatídico segundo, en el que la gente se miró a los ojos y a lo más profundo de su ser, buscando una explicación a aquel acto. Pero no la encontraron.

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Pared después de la lluvia acida | Joseba Urruty

Una luz blanca, cegadora, golpeó la cara de quienquiera que estuviese mirando. Una visión que obligaba a mirar, a buscar ese rayo de esperanza iluminador. Después de la calma llega la tempestad. El caos llegó en forma de aire caliente, de bola de fuego, irrespirable, que arrasó con cuanto encontró a su paso. El paisaje verde del verano se tornó en gris, el invierno volvió, pero con calor en lugar de frío. Un invierno mecánico y completamente artificial, creado por el ser humano para impartir justicia. Parecía que los dioses Fūjin[1] y Kagutsuchi[2] se habían cogido de la mano y habían descendido del cielo para castigar a sus discípulos, tal y como los arcángeles habían arrasado Sodoma y Gomorra en la antigüedad. En este caso no se trataba de un castigo divino, simplemente un castigo del hombre para el hombre. Una catarsis infligida desde los cielos por simples mortales que se creían dioses. Un apocalipsis prematuro e inducido, en el que las trompetas de los jinetes se convirtieron en aullidos de personas, en sirenas de ambulancias y ruido de cristales quebrados. La ciudad quedó muda de nuevo, pero en este caso, muda de recuerdos y de vida, sin poder articular palabra, sin poder moverse. Una vez más, el silencio se dilató en el tiempo y perdura hasta nuestros días, imborrable.

Aquel día, Hachiko no llegó a saber que sorpresa le esperaba en clase, Taku no llegó a trabajar y Sashiko no pudo ver a sus nietos regresar del colegio. Todas estas son historias reales pero, que a partir de ese fatídico día en el que la humanidad mostró su lado mas oscuro, se convirtieron en ficción.

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Firma de Fidel Castro en el Museo de la Bomba Atómica de Hiroshima | Joseba Urruty

[1] Fūjin: en la mitología japonesa, dios del viento

 [2] Kagutsuchi: en la mitología japonesa, representa al dios del fuego

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