Libertad para el «zoo humano» y animal

El ser humano y los animales tenemos una necesidad biológica y vital común, fuera de las necesidades básicas, necesitamos libertad para poder conservar el equilibrio y la salud como bien lo expone Desmond Morris en su libro El Zoo Humano. Podemos conseguir esa sensación de libertad a partir de pequeñas exploraciones, de la imaginación, la inventiva y los viajes físicos y mentales, esas son y serán nuestras salidas para la inminente neurosis e incomodidad del mundo moderno.

Morris asegura que el ser humano se jacta de vivir en una jungla de asfalto, pero ni siquiera somos libres como se vive en la jungla. Vivimos en caos permanente, caos que se encuentra también en la vida animal, pero se ciñe a ésta en condiciones extremas como la cautividad y en ese sentido podemos hacer un paralelo con las demás especies animales. Contamos con ventajas, como que tenemos solucionadas nuestras necesidades básicas, pero contamos con problemas sociales y psíquicos cada vez más complejos, relacionados a la frustración y a la superpoblación, entre otros, porque no hemos evolucionado genéticamente a la misma velocidad que nuestro número poblacional.

Sobrevivimos porque tenemos fuerza e ingenio y porque suplimos la necesidad de estímulo. Como los animales en el zoológico, para no morir o enloquecer, tenemos que sentir estímulos en todos los ámbitos de nuestra vida como en el trabajo, en la actividad social y las relaciones, en hábitos y divertimento. Podríamos insertar el viaje en esos estímulos necesarios para vivir, el viaje vacacional, ritual, o de escape: la actividad que incita a tal punto nuestra mente, que frena o demora la neurosis que nos podría generar vivir en la jaula que supone el espacio y nuestra sociedad actual. Empezamos siendo simios libres, continuamos siendo casi simios pero estamos al borde de la autodestrucción, recurramos a la libertad del viaje como una salida y remedio. El viaje: por el parque, en auto a un pueblo cercano, en avión a otra ciudad o país, el viaje largo, el aventurero, el viaje intelectual e imaginativo.

¿Y los animales?

Tenemos una fórmula pero quedan muchos problemas que resolver para los otros animales que habitan La Tierra. Tres lugares: el Zoológico de Barcelona –ubicado en el Parque de la Ciudadela, abierto desde 1888–, el Acuario de L’Oceanogràfic de Valencia –obra del arquitecto Félix Candela– y el Acuario del CosmoCaixa de Barcelona.

No se puede negar el papel educativo de los zoológicos y los acuarios, al fin y al cabo todo niño vive una experiencia inigualable cuando conoce los animales salvajes que, hasta el momento, sólo había oído mencionar en cuentos o había visto en dibujos animados. Pero no por eso debe tener cada ciudad del mundo uno, y sólo deberían existir si tienen un objetivo exclusivamente investigativo y educativo con impacto en la conservación y protección de las especies. Los que no cumplan estos requisitos deben desaparecer, y mientras eso ocurre, el espectador tiene la misión de vigilar ciertos aspectos, como que los animales cuenten con un espacio lo suficientemente grande y digno, que no estén sufriendo ningún tipo de maltrato.

Durante la visita se puede observar que ni en el Zoo de Barcelona ni en el Acuario de Valencia cuentan con cuidadores pendientes de evitar que la gente golpee los vidrios o tome fotografías con flash, tampoco tienen guías explicando y acompañando el recorrido –las hay sólo si se solicitan expresamente y se pagan–, las herramientas interactivas se quedan cortas y las cámaras de seguridad no evitan acciones inadecuadas. En los tres lugares, el espacio para ciertos animales es reducido, es el caso de las morsas y las belugas en L’Oceanogràfic de Valencia, y de las serpientes (especialmente la anaconda) en el CosmoCaixa. Este último, es un lugar mejor dotado de información y recursos, un museo de ciencias admirable, pero su reproducción del bosque inundado deja mejoras que desear. Con la admiración que transmite la obra social del CosmoCaixa en términos investigativos, educativos, museográficos y museológicos, los animales amazónicos en su interior ofenden la grandeza de la selva.

El ser humano debe recordar que, como animal, no es más ni menos que los demás seres vivos del planeta. Olvidamos de dónde venimos, pero al contemplar un paisaje o una flor algo nos llama, nutre y estimula así que, ya que tomamos el control de los recursos naturales y subordinamos a las especies, debemos responder siendo líderes inteligentes, compasivos y responsables, sobre todo al momento de viajar al zoo, al acuario o fuera de la ciudad.

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